Hasta ahora, este invierno ha sido bastante anodino en términos meteorológicos. Apenas hemos tenido irrupciones frías destacables ni episodios de nieve reseñables en latitudes medias de nuestro entorno. Sin embargo, la situación podría cambiar en las próximas semanas. Los modelos empiezan a mostrar señales de mayor dinamismo a partir de febrero, coincidiendo con la posible ruptura del vórtice polar, lo que podría traducirse en un giro radical en el patrón atmosférico.
Y es que, en los últimos días, las previsiones han empezado a insistir en la posibilidad de un Calentamiento Súbito Estratosférico (CSE) a partir del 14 de febrero. Este fenómeno podría alterar significativamente el vórtice polar estratosférico, una corriente de vientos que mantiene el aire frío confinado en las regiones polares durante el invierno. Os recomendamos la lectura de nuestra entrada para entenderlo.

La dispersión de los ensembles refleja gran incertidumbre, aunque insisten en el establecimiento de un anticliclón sobre Escandinavia. Su persistencia bloquearía el paso de borrascas atlánticas y canalizaría aire frío continental hacia el centro y sur de Europa, lo que podría traducirse en un descenso térmico notable.

Un CSE se caracteriza por un aumento abrupto de las temperaturas en la estratosfera, que puede superar los 50 °C en pocos días. Esta subida térmica debilita o incluso divide el vórtice polar, permitiendo que el aire frío se desplace hacia latitudes más bajas.


Si el vórtice polar sigue debilitándose, podríamos asistir a un fenómeno clave: su posible división en dos núcleos. Este escenario, conocido como bilocación del vórtice polar, permite que las masas de aire gélido, habitualmente retenidas en las regiones árticas, se desplacen con mayor facilidad hacia latitudes más bajas.
Como curiosidad, algunos aficionados y científicos comentan que este evento guarda cierta similitud con el ocurrido hace 40 años, en el famoso invierno de enero de 1985. En aquella ocasión, un fuerte patrón W2 provocó la división del vórtice polar el 30 de diciembre de 1984, con efectos casi inmediatos que trajeron un intenso frío y grandes nevadas tanto a Europa como a EE.UU.

En todo caso, primero debemos esperar la confirmación del calentamiento súbito en la estratosfera, un fenómeno clave en estos eventos. Es fundamental tener en cuenta que este calentamiento no siempre se propaga de inmediato o en todas las ocasiones hacia la troposfera. Si se confirma, las ondas de Rossby suelen expandirse, generando grandes movimientos de aire entre latitudes más distantes. En ese caso, será crucial seguir de cerca los modelos meteorológicos, ya que debemos observar cómo las piezas encajan y cómo la cresta o la vaguada de la onda se posiciona de manera favorable para posibles irrupciones frías en la península ibérica.





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